“La semana pasada no fui al cumpleaños de Silvia: no quise moverme de acá. Espero que me entienda. Mis amigas salen, siguen con su vida…Mi rutina cambió: dejé de ir a buscar a Luna al jardín, de preparar la cena para los tres, de ir a reuniones con clientes. Ellas van al gimnasio, al cine, a la peluquería, al shopping. Yo vengo siempre con dos pantalones: uno azul, el otro marrón. Jamás pensé que iba a usar la misma ropa durante un mes. No tengo ganas ni energías para cambiarme. Las enfermeras tienen su uniforme; yo tengo el mío.”


(Josch, Michael; “770 Gramos”; Editorial Planeta; Buenos Aires, Argentina; 2018)

 

El nacimiento de un hijo/a, siempre, trae aparejados cientos de cambios en la vida de los mapadres, tanto si se trata de la llegada del primer hijo como si hablamos de un hermano/a que se suma al núcleo familiar. Cambian los hábitos, las rutinas, los horarios. Todas las actividades se acomodan o, al menos, intentan acomodarse a las necesidades del recién nacido. Sin embargo, cuando un hijo/a nace antes de término la familia completa se encuentra en condición de “prematura''. Porque, aún cuando sea posible un breve período de preparación, los procesos psicofísicos propios del embarazo en la futura mamá son repentinamente interrumpidos por la llegada anticipada del bebé.


Afuera el mundo sigue girando, sin embargo para muchos mapadres parece detenerse en una unidad de cuidados intensivos neonatales. Si bien las reacciones ante el nacimiento de un hijo prematuro son diferentes en cada familia, son comunes las sensaciones de miedo, culpa y enojo, acompañadas de sentimientos de angustia e incertidumbre por no saber qué pasará con nuestro/a bebé. Por eso, en esos momentos de profundo desconcierto, las redes de acompañamiento y contención que se generan alrededor de esas mamás y esos papás asumen un rol fundamental para afrontar la adversidad. Y entonces ¿Puede una completa desconocida convertirse en una amiga?


Cuando un bebé prematuro pasa un largo tiempo internado en Neo, más allá del apoyo inicial de la familia directa, abuelas, abuelos, tías, tíos, amigas y amigos de los mapadres e incluso también de la contención que reciben de partes de las y los profesionales que cuidan al niño, hay un vínculo que se genera casi de manera inconsciente. Pasados los primeros días o semanas de internación, ese núcleo más cercano a los mapadres, que, en principio, estuvo pendiente de ellos y de la evolución del bebé, vuelve a sus rutinas y actividades habituales.


Mientras, especialmente, las mamás pasan más horas en la sala de Neo que en sus casas y ahí, entre profundos silencios y miradas que denotan tanto cansancio como esperanzas, casi sin darse cuenta, como una manera de aliviar la carga o simplemente como parte de una estrategia para apresurar el paso del tiempo, surge la necesidad de hablar, de preguntar, de compartir, de escuchar a las mamás de los otros bebés. “Nadie más que las mamás y los papás que tienen un/a hijo/a en la misma situación, entienden lo que otra mamá u otro papá está viviendo en ese momento. El dolor de volver a casa sin tu bebé, verlo conectado a un montón de máquinas, lleno de cables, poder tenerlo a upa solamente una vez al día”, cuenta Joana, mamá de Viggo -un bebé que nació con 26 semanas de gestación, 750 gramos y pasó sus primeros tres meses de vida en una incubadora-. “Una como mamá también llega a un mundo nuevo, a un lugar desconocido, donde nada es cómo te lo contaron o cómo lo habías imaginado”, continúa Joana y recuerda que, durante los primeros días de Viggo en Neo, se le acercó una mamá que había pasado por una situación similar, le ofreció la diminuta ropita de su bebé y le dijo: “Podés contar conmigo, no estás sola”.


Los lazos construidos en las salas de Neo emergen, principalmente, por las largas horas compartidas con las mismas personas, sobre todo las mamás de los bebés prematuros/as, y de la necesidad de sentirse acompañadas en la travesía de ser ellas también madres prematuras. Al respecto, Joana señala que “sentirse acompañada por otras mamás, desde el desinterés y la amorosidad, en un mundo hasta ese entonces desconocido, es un alivio”. Así, dándose ánimos, con palabras de aliento o simplemente respetando un silencio, las mamás de Neo se sostienen mutuamente. Y, en el devenir de esa rueda mágica de dar pero también de recibir, tejen redes. Crean comunidad. Una comunidad conformada por relaciones forjadas entre “cajitas de cristal”, como llaman comúnmente a las incubadoras, que, muchas veces, se transforman en una amistad que trasciende las puertas de la sala de Neonatología y perdura en el tiempo.


“Tenemos un grupo de mamás que compartimos tres meses de internación, a la par, y ahí consultamos sobre los avances de cada bebé, nos contamos cuando empiezan a gatear. Como los tres bebés tienen la misma edad corregida van muy parejitos en los logros que van teniendo en su desarrollo y ahí, más o menos, tenemos un parámetro. Pero cada uno/a tiene su propio ritmo”, señala Joana, acerca del ida y vuelta que mantiene con las mamás con quienes atravesó la llegada y los primeros meses de vida de Viggo, y agrega: “No podemos creer cómo progresaron porque nos acordamos cómo los vimos y ahora verlos tan bien, tan sanos, es hermoso. Los bebitos están todos re grandes, hace poco organizamos un encuentro y la pasamos muy bien”.


Amor, paciencia, empatía, fe, esperanza son palabras que las mamás de Neo conocen muy bien. El destino las cruzó, quizás, en el peor momento de sus vidas. Ellas se acompañaron, se sostuvieron, se aferraron a la esperanza ante los pequeños avances de cada bebé prematuro. Hoy celebran los logros de sus hijos/as y también los de esos bebés que el tiempo convirtió en sobrinos/as del corazón. Son mujeres que convirtieron un vínculo nacido en la adversidad en un sólido lazo de amistad. Ellas son mamás prematuras.



 

¡Gracias Joana, @guerrerosdeneo, por compartirnos tu historia!